Las guerras del futuro: cada vez más escasas y menos humanas

Hace unos días tuve una charla con unos amigos sobre el sentido de las guerras y el ejército. Ellos defendían que las guerras eran algo inevitable; siempre hay algún país que quiere más poder que el resto, y las invasiones territoriales y la conquista de materias primas es la mejor manera de lograrlo.

Además, estaban seguros de que el ejército, tal y como está concebido hoy en día, es útil y necesario. Al fin y al cabo, si en algún momento van a acabar invadiéndonos, tendremos que tener alguna forma de defendernos, ¿no?

Esta entrada está inspirada en la discusión que mantuve aquel día. Comenzaré repasando la situación de los conflictos armados del momento. Después de demostrar que son más infrecuentes que nunca, te haré ver que el concepto de guerra que tenemos en nuestras cabezas está anticuado. Y acabaré el artículo hablando sobre cómo serán las guerras que están por venir.

1. Estamos en una sequía de guerras

Por primera vez en la historia, hoy mueren más personas por suicidios que por asesinatos a manos de soldados, terroristas y criminales. En 2012, la guerra acabó con la vida de 500.000 personas. Ese mismo año, 800.000 personas se suicidaron1 (y no parece que las cifras hayan disminuido desde entonces).

Es un hecho que estamos ante una sequía de guerras. Sí, aún hoy en día siguen librándose sangrientas batallas, y son terribles. Pero una prueba de que estas son residuales es que si te pido que enumeres 3 conflictos armados que permanezcan activos ahora mismo, probablemente ni siquiera seas capaz de nombrar más de dos. Si todavía no estás convencido, echa un vistazo a este gráfico:

Deaths in wars
Muertes en batallas por millón de personas2.

Si hace 100 años preguntásemos a cualquier civil sobre guerras, no solo sería capaz de nombrar varios conflictos activos, sino que en un principio quedaría algo atónito. Por aquel entonces, dos países vecinos podían convivir hoy en plena paz, pero esto no impedía que mañana mismo estallase un atroz conflicto entre ellos.1

Políticos, empresarios y ciudadanos destinaban parte de su presupuesto y riquezas a reservarlo para cuando llegara la guerra. La pregunta no era si habría guerra o no; la cuestión era cuándo llegaría. La ansiosa amenaza del estallido de una guerra ha sido la tónica dominante durante toda la historia de la humanidad.

En la segunda década del siglo XX la cosa comenzó a cambiar. Por entonces, no solo se libraba el menor número de conflictos de la historia en la mayoría de regiones del mundo, sino que la mentalidad de buena parte de la población mundial cambió para siempre; en la actualidad, nadie espera que el lunes a primera hora de la mañana, el Presidente de Francia, Emmanuel Macron, declare la guerra a España. Por increíble que parezca, los ciudadanos de hace 100 años vivían con esta angustia de forma constante. Por primera vez en la historia, la guerra se ha vuelto una idea inconcebible para la mayoría de los humanos.

2. Las guerras nunca han tenido menos sentido

A este cambio de mentalidad le acompañó un cambio del modelo económico. Lo cierto es que una guerra clásica, como las que se han librado a lo largo de los siglos, no tiene mucho sentido en el mundo de hoy en día.

La economía actual (y en especial el crecimiento económico) no se basa en campos de trigo, la minería de oro o la extracción de petróleo, como ha venido siendo durante toda la historia. La economía actual se basa en el biodiseño de nuevas especies vegetales y animales, en el descubrimiento de nuevos materiales como el grafeno y en la búsqueda de nuevas energías renovables; se basa, en definitiva, en el conocimiento.

Si China decidiese invadir el californiano Sillicon Valley (el que sería el segundo «país» más rico del mundo, si es que no fuese un barrio) tan solo se encontraría con moles de silicio y cristal desiertas; oficinas y empresas que no valen nada sin los cerebritos que las hacen funcionar. En vez de arrasar el lujoso barrio de San Francisco, estrategia de dudosa utilidad, China puede suministrar a Apple las pantallas de los nuevos iPhone y montar las novedosas Surface de Microsoft, beneficiándose del libre comercio con el país estadounidense.

Es por este cambio de mentalidad que las guerras activas en la actualidad son las que se libran en países que siguen basados en un modelo económico anticuado que se rige por las materias primas, como sucede en los países de Oriente Medio y África Central.1

Además, ¿qué país estaría dispuesto a paralizarse al completo, focalizar todas sus industrias en la producción de armas y vaciar oficinas para enviar a sus trabajadores a sanguinolentas batallas? Incluso aunque el país ganase, probablemente los estragos económicos que costase la victoria serían superiores a las fortunas adquiridas.

Los gobiernos del momento bien saben que lo mejor que pueden hacer es asegurar la estabilidad financiera de su país, y proclamar una guerra no es la mejor forma de hacerlo.

3. ¿Conviviremos en paz por siempre?

Ya hemos visto que en la actualidad las guerras son más infrecuentes que nunca. Las pocas que se libran en estos momentos lo hacen en países estancados en una economía basada en bienes materiales. Los políticos ya no anhelan territorios vírgenes cargados de materias primas, sino empresas multimillonarias y descubrimientos rompedores.

¿Quiere esto decir que los seres humanos nos hemos librado para siempre de la guerra? No. ¿Los humanos se han librado de tener que acudir a trincheras y portaviones para defender a su país? Sí.

La posibilidad de que se inicien nuevas guerras sigue presente, y probablemente lo haga por mucho más tiempo. Pongamos que mañana mismo, Vladimir Putin da a conocer al mundo el mayor logro de la medicina de la historia; el desarrollo de un fármaco basado en inmunoterapia que consigue curar la inmensa mayoría de tipos de cáncer, sin efectos secundarios y con alta efectividad. El gobierno ruso, consciente del inmenso valor que hoy en día tiene el conocimiento y todavía compungido por su derrota del siglo anterior, se niega a compartir la clave de su nuevo tratamiento. Tan solo está dispuesto a vender el medicamento a un precio desorbitado. Con esto, Putin espera reestablecer la posición dominante de Rusia y sus aliados, y desbancar de una vez por todas a su mayor enemigo, Estados Unidos.

El cáncer es a día de hoy una de las mayores lacras de la sociedad a la que se enfrentan los países. España se deja un 1,6% de su PIB en la lucha contra el mismo, el mismo presupuesto que la Comunidad de Madrid tiene asignado para costear todo la sanidad de los madrileños. No sería de extrañar que todos los países del mundo pusieran el grito en el cielo cuando Rusia se negara a compartir su tesoro. Podría ser, fácilmente, el detonante de la Tercera Guerra Mundial.

Sin embargo, en los futuros conflictos, los ciudadanos ya no tendrán que preocuparse de decir adiós a sus familias en la que puede que sea su última despedida. Las batallas del futuro no se librarán en trincheras, portaviones o cazas. De hecho, ni siquiera las librarán humanos. Es más… en algunos casos ni siquiera se librarán físicamente.

4. Las armas del futuro

La situación que el mundo entero está viviendo en estos momentos es un perfecto ejemplo del poder de devastación que las armas biológicas pueden alcanzar, uno de los tipos de armas que se emplearán en el futuro.

Ojo, que no estoy diciendo que el coronavirus sea ninguna bomba biológica creada en un laboratorio secreto de China. Ya he dicho que lo más preciado que un gobierno puede preservar es la estabilidad económica de su país, y en términos generales del mundo entero. A China no le interesa soltar al mundo un virus supercontagioso que le impida seguir comerciando con Apple o Microsoft, por ejemplo, como probablemente haya sucedido estos meses atrás.

Además de para dar una excusa sobre la que negacionistas y similares pueden regocijarse hablando, la pandemia ha servido para recordarnos el duro golpe que puede suponer la expansión de una nueva enfermedad infecciosa. La última gran pandemia sucedió hace más de un siglo, y los humanos habíamos olvidado ya lo vulnerables que podemos llegar a ser.

El caso es que con los avances en biotecnología, medicina, ingeniería biomédica, genética y más, hoy en día es más que posible diseñar un virus o una bacteria que desbanque la peste. No solo podemos combinar genes ya existentes a nuestro antojo, sino que podemos modificarlos o directamente crear nuevos. Después, bastaría con introducir el material genético modificado en un microorganismo, y esperar a que este ponga en marcha la estrategia de guerra más devastadora de la historia.

El segundo tipo de armas que se emplearán en las futuras batallas (y en realidad también en las actuales) son todas aquellas relacionadas con el lado oscuro de la tecnología.

Si un virus informático consigue tirar durante unos minutos la Bolsa de Nueva York, pongamos por caso, te puedes imaginar el caos que se desataría. Si realmente quieres hacer daño a un país, dañar su estabilidad y confianza financiera es la mejor manera de hacerlo.

Hoy en día, absolutamente todo requiere de internet y sistemas informáticos. Las historias clínicas de pacientes que los médicos consultan, los pagos e ingresos que se reflejan en las cuentas bancarias de los usuarios o, en estos momentos, las clases y exámenes en los que participan alumnos del mundo entero; todo ello necesita que la conexión a la red, los servidores y las webs funcionen como tienen que hacerlo.

Así es como llegamos a la conclusión de que si los gobiernos quieren ejércitos que realmente sean capaces de hacer daño, deben olvidarse de adiestrar soldados, comprar rifles y encargar buques; tienen que formar biotecnólogos e ingenieros informáticos, que sean capaces de generar incalculables riquezas a su país y que puedan defenderlo cuando sea necesario.

Aunque, pensándolo mejor, quizás no debería de estar dando tantas ideas, si es que queremos seguir sin guerras mucho más tiempo…

Bibliografía

  1. Homo Deus: Breve historia del mañana (Yuval Noah Harari, 2015).
  2. Factfulness: Diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo. Y por qué las cosas están mejor de lo que piensas (Anna Rosling Rönnlund, Hans Rosling y Ola Rosling, 2018).

Javier Vilela Martín

Soy un estudiante de Medicina interesado en ciencia, tecnología y ficción. En este blog escribo sobre temas como esos y sobre cualquier otra cosa que me llame la atención.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Volver arriba