Los primeros guerreros de la lucha contra el cáncer

La mitad de la población sufrirá cáncer en algún momento de su vida. Es una trágica forma de empezar este artículo, pero tampoco hagamos un drama, que no todo son malas noticias; más del 60% de los diagnosticados se curarán. La creciente (pero todavía insuficiente) preocupación por la prevención, el afinamiento de ténicas diagnósticas y el descubrimiento de técnicas curativas han permitido que la supervivencia del cáncer se mantenga al alza durante varias décadas.

Damos por hecho que al diagnóstico de un tumor le seguirá la irradiación, la reserción quirúrgica o la administración de quimioterapia (y en algunos casos todas ellas). Sin embargo, esto no siempre fue así. Los descubrimientos de todas estas terapias para tratar el cáncer son relativamente recientes, y durante miles de años el cáncer acompañó a la humanidad sin que esta pudiese hacer nada al respecto.

Esta última semana he estado leyendo El emperador de todos los males, «una biografía del cáncer», tal y como reza la portada. El libro realiza un viaje en el tiempo que parte desde los primeros casos de tumores documentados en la historia, allá por el 2625 a.C. en Egipto, hasta el panorama actual en la lucha contra el cáncer. Lectura más que recomendada si alguna vez te has preguntado cómo era tratar esta enfermedad en unos tiempos en los que ni siquiera se sabía realmente qué era el cáncer.

En este artículo escribiré acerca de dos figuras claves para la batalla que todavía hoy sigue librándose contra esta enfermedad, William Halsted y Sidney Farber, pioneros guerreros que asentaron las bases en las que se funda el tratamiento anti-cancerígeno de la actualidad.

William Halsted y su cirugía radical

Halsted fue un cirujano estadounidense de especial importancia establecido a finales del siglo XIX. Ya desde un principio apuntaba maneras; una de sus primeras operaciones tuvo lugar sobre la encimera de la cocina de su casa, en la que operó a su madre para extirparle la vesícula biliar. En otra ocasión, llegó a transferir su propia sangre a su hermana después de que esta sufriera una fuerte hemorragia (tuvo suerte de que sus grupos sanguíneos fueran compatibles). Entre sus peripecias, también se encuentra la del descubrimiento de la cocaína como anestésico, después de haberla estado probando sobre sí mismo (hasta volverse adicto a ella).

Más tarde, ya consagrado como prestigioso cirujano, hizo suyo el método quirúrgico que buscaba intentar curar el cáncer de mama. La cirugía radical, tal y como él la bautizó, consistía en la reserción en bloque de toda la zona circundante a la mama. Tenía como fin retirar el tumor y cualquier posible resquicio del mismo antes de que fuese demasiado tarde. El adjetivo «radical» no se queda corto; el resultado de la operación era la eliminación de la mama al completo, los músculos pectorales menor y mayor (que se encuentran justo detrás), todos los linfáticos de la axila (hasta quedarla prácticamente vacía), e incluso costillas y clavícula en algunos casos.

Resultado de una cirugía radical. Nótense las costillas claramente marcadas donde antes estaba la mama y los músculos pectorales, así como la deformidad de la axila.

Tras la operación las mujeres quedaban casi deformes. Al extraer en bloque toda la zona cercana al hombro, los cuerpos quedaban hundidos e inclinados hacia ese lado. Al eliminar los linfáticos de la axila, los edemas en el brazo eran más que frecuentes. Además, la reserción de los músculos pectorales limitaba el movimiento del miembro superior gravemente; las mujeres no podían mover el brazo hacia delante ni podían levantarlo.

Pese a las dramáticas consecuencias que perseguían a las mujeres tras la operación, la balanza parecía inclinarse en contra del cáncer. Se sometió a estudio la efectividad de la técnica y comprobó que permitía aumentar la supervivencia de las diagnosticadas. Las mujeres de la época suplicaban a Halsted para que las operara, con la esperanza de que este acabara con el tumor que se extendía en ellas.

La cirugía radical fue la tónica general durante décadas y décadas. No fue hasta mediados del siglo XX cuando comenzó a cuestionarse verdaderamente la necesidad de practicar una cirugía tan dramática de forma indiscriminada. Tanto si el tumor era una pequeña masa no más grande que una aceituna, como si se hubiese extendido a los linfáticos de zonas circudantes, se procedía a eliminar la zona de la mama al completo.

Más allá de una simple técnica quirúrgica, la cirugía radical era una forma de pensar que buscaba comprender el cáncer. La mentalidad de «cuanto más, mejor» impregnó tan intensamente al mundo médico de por entonces que costó un esfuerzo colosal demostrar que para tumores en estadíos tempranos, bastaba con extirpar únicamente la masa de células malignas. Más tarde se comprobaría que la tasa de supervivencia alcanzada con la nueva cirugía conservadora era prácticamente la misma que la lograda con la cirugía radical.

Sidney Farber, el padre de la quimioterapia

Farber fue un excelente patólogo pediátrico, también estadounidense. Trabajó como tal en el Hospital de Boston, allá por 1940 y algo. En su angosto laboratorio situado en el frío sótano del hospital, su labor consistía en observar bajo el microscopio las células de los tejidos de los niños y emitir así diagnósticos. En muchos casos, lo que veía a través del objetivo era sangre con células deformes de núcleos oscuros llenos de cromosomas, diferentes a cualquier otra célula sanguínea normal. Lo que Farber veía era el resultado de leucemias, relativamente comunes entre los más pequeños y ya bien conocidas en aquella época.

Hasta entonces, el tratamiento para el cáncer se basaba en reserciones quirúrgicas de las masas tumorales. Sin embargo, esto no valía para todos los tipos de cáncer; un tumor en el colon podía solucionarse eliminando un fragmento del intestino, pero una leucemia, en la que las células malignas viajaban por toda la sangre, simplemente no podía someterse a una operación. La creación de un fármaco que fuese capaz de frenar el incesante avance de las células cancerígenas por la sangre era, simple y llanamente, un sueño.

En 1946, una joven hematóloga inglesa, Lucy Wills, probó que podía curar la anemia de mujeres embarazadas dándoles Marmite, una oscura pasta de untar típica del país inglés. Lo que realmente reestablecía la normalidad en las mujeres anémicas era el ácido fólico o folato, muy abundante en esa pasta. Farber aplicó el mismo método para intentar curar la leucemia de sus pequeños pacientes. Sin embargo, lejos de detener la progresión de las células leucémicas, el recuento de estas llegó a duplicarse en algunos pacientes. Llegó a la conclusión de que el folato estimulaba la división y la proliferación de las células sanguíneas, lo que permitía curar la anemia y hacer empeorar la leucemia.

Fue así como surgió la idea de que quizás una molécula «anti-folato» de acción contraria al ácido fólico fuese capaz de frenar la progresión de la enfermedad. En una época en la que el descubrimiento de nuevos fármacos era imparable (la penicilina, descubierta unos años antes, abrió la puerta para la creación de otros muchos antibióticos), no fue difícil obtener una molécula que cumpliese las expectativas de Farber.

La aminopterina, el antifolato con el que había estado soñando todo ese tiempo, llegó finalmente a manos de Farber. Cuando comenzó a tratar con ella a un niño de dos años con leucemia, el recuento de glóbulos blancos que antes alcanzaba niveles astronómicos se fue desplomando hasta alcanzar números normales. Los blastos leucémicos, esas células malignas que corrían por su sangre, comenzaron a menguar hasta casi desaparecer. Por desagracia, tras esa remisión inicial y al cabo de unos pocos meses, la leucemia volvió a atacar al chico con todas sus fuerzas, ahora resistente a la aminopterina con la que había sido tratado antes. Robert, así se llamaba, murió poco después.

Además de patólogo y oncólogo, a menudo Farber ejercía de padre jugando con los niños ingresados en la clínica.

A pesar de la prematura muerte del chico, el simple hecho de haber logrado con un fármaco una remisión que se mantuvo durante unos meses fue uno de los mayores hitos en la historia de la medicina. A partir de entonces, se puso en marcha una incomesurable carrera en busca de un medicamento que curase del todo la leucemia, y eventualmente, también los demás tipos de cáncer.

El número de venenos celulares disponibles se disparó. Pronto comenzaron a probar con distintas combinaciones y distintas dosis, con la idea de que una «poliquimioterapia» fuese capaz de erradicar el cáncer al completo del organismo. Los resultados eran poco a poco más esperanzadores; las remisiones cada vez duraban más, y en algunos casos, los pacientes lograban curarse. No obstante, los estragos de la combinación de estos fármacos en altas dosis eran más que evidentes sobre los pequeños cuerpos de los niños leucémicos. La piel se tornaba de un color blanco lechoso, las encías sangraban, la piel y el epitelio del intestino se descamaban, el pelo quedaba reducido a una pelusa, y la energía típica de los niños pequeños mermaba con la misma rapidez que lo hacían los blastos malignos.

Hace poco más de cien años comenzamos a obtener cierto éxito tratando el cáncer. Aunque puede parecer mucho tiempo, en realidad es un suspiro, si tenemos en cuenta que el cáncer es una enfermedad que lleva con nosotros desde siempre y que nunca hemos podido tratar de forma efectiva. Desde que comenzaron las primeras remisiones mantenidas durante pocos meses hace solo unas décadas, hemos conseguido desarrollar fármacos completamente específicos que atacan únicamente a las células cancerígenas y que dejan intactas todas las demás, acercándonos cada vez más y más hacia una posible cura definitiva del cáncer. ¿Acaso no es apasionante?

Javier Vilela Martín

Soy un estudiante de Medicina interesado en ciencia, tecnología y ficción. En este blog escribo sobre temas como esos y sobre cualquier otra cosa que me llame la atención.

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