Somos adictos a la dopamina (y qué podemos hacer al respecto)

A los humanos nos gusta pensar que somos libres, que tenemos el control de todo lo que hacemos y que vivimos al son del libre albedrío. No soy de esos que piensa que el destino de cada uno de nosotros está escrito en un tocho de varios miles de páginas, pero tampoco creo que tengamos la potestad absoluta sobre nuestras acciones. Esta idea no tiene nada que ver con un orden místico que nos mueva y decida por nosotros, sino con nuestra propia naturaleza humana; ¿a caso no somos animales?

Desde la antigua Grecia, los filósofos han discutido largo y tendido acerca de nuestra naturaleza y se han enfrascado en tediosas discusiones sobre qué es lo que nos mueve. Lejos de explicaciones que hablan de deidades y órdenes superiores, hoy sabemos que en el cerebro tenemos un sistema de recompensa que nos lleva a actuar para alcanzar el placer y el bienestar. Es este sistema el que nos impulsa a coger el móvil y comprobar Instagram, el que nos lleva a pedir un menú grande en el McDonald’s o el que nos hace remolonear en la cama cuando tenemos que levantarnos a estudiar; nos lleva a hacer aquello que sienta bien. Ciertamente, algunos filósofos estaban encaminados cuando defendían que nos regíamos por un «hedonismo psíquico».

Fue a mediados de los 50 cuando un grupo de científicos se propuso descifrar el mecanismo biológico que nos hace llevar a cabo una acción sobre otra. Introdujeron electrodos en el cerebro de ratas de forma aleatoria, ya que entonces poco se sabía acerca de la estructura funcional del órgano pensante. Sin embargo, tuvieron la suerte de dar en el núcleo accumbens con los electrodos. Cuando probaron a inhibir este núcleo, los niveles de dopamina cayeron en picado. Las ratas perdieron las ganas de vivir: ni bebían, ni comían, ni mostraban actividad sexual. Al cabo de unos días murieron de sed.

En otra ocasión, siguieron inhibiendo el núcleo y les dieron a probar agua con azúcar. Los roedores podían sentir el agradable sabor dulce y disfrutaban probando el agua azucarada. Sin embargo, las ratas no deseaban volver a beberla, como si no fuesen capaces de recordar el placer que les había provocado saborear el azúcar.

Por el contrario, cuando probaron a estimular el núcleo (el cual liberaba dopamina) cada vez que la rata metía la nariz en una caja, el animal se volvía casi adicto a hacerlo. La rata había asociado meter la nariz en la caja con una sensación de placer provocada por la dopamina. Como resultado, los roedores llegaban a repetir la acción hasta 800 veces en una hora. De forma similar, un ludópata da la vuelta a la manivela de una tragaperras hasta 600 veces por hora (¿a caso no somos animales?).

En definitiva, es la dopamina la encargada de movernos para llevar a cabo una acción y de asegurarse de que volvamos a repetirla en el futuro. En concreto, es el chute de dopamina que se libera al realizar una acción satisfactoria el que permite que nuestro cerebro relacione la acción con el placer en un proceso de aprendizaje. Esto implica que tenderemos a repetir la conducta cuando se nos presente la oportunidad de hacerlo, porque ya sabemos que nos generará bienestar.

Este mecanismo es en realidad una adaptación evolutiva. El hecho de que todos prefiramos una hamburguesa a unas acelgas cocidas no es simple casualidad; el ser humano pasó decenas de miles de años persiguiendo animales para darles caza y disfrutar de su jugosa carne, y trepando altos árboles para alcanzar la copa y saborear la fruta más dulce. Es por esto que nuestro cerebro ha dado un gran valor a los alimentos altos en grasas y azúcares, aquellos que hace 200.000 años eran un bien tan escaso.

El cerebro de un Homo sapiens de hace 200.000 años tiene pocas diferencias con el de uno actual. La evolución y los cambios biológicos que esta desencadena tardan cientos de miles de años en hacerse patentes. Por el contrario, la humanidad se ha desarrollado a un ritmo frenético; en poco más de 500 años hemos pasado de conformarnos con lo poco que crecía en nuestros huertos a tener la capacidad de disponer de cualquier comida que se nos antoje con tan solo unos clics. Si así lo deseas, puedes pedir una pizza ahora mismo y la tendrás en la puerta de tu casa en menos de media hora.

El sistema de recompensa de nuestro cerebro sigue intacto, es el mismo que el que se desarrolló en los hombres de la sabana. Es por esto que el órgano pensante sigue premiándonos cuando saboreamos una grasienta pizza. Y es que, en palabras de Stephan Guyenet, un neurocirujano especializado en conductas alimenticias y obesidad, «nos hemos hecho muy buenos explotando nuestras vulnerabilidades».

El truco de explotar el prehistórico sistema de recompensa no solo se aplica al sector de la comida basura, sino a todo lo que nos rodea. Por ejemplo, cada like que recibimos en Instagram es una minidosis de dopamina (comprobado científicamente). Con el tiempo asociamos subir una foto con una sensación placentera brindada por los me gustas que recibimos. Así es como Instagram se asegura de que seguirás manteniendo tu perfil actualizado.

Si todavía necesitas más ejemplos, quizás el de Among Us (el juego de moda) te acabe de convencer: esos segundos previos a descubrir si eres un simple tripulante más o si eres el traicionero asesino están llenos de expectación, motivo más que suficiente para desencadenar la liberación de dopamina. Esta en la forma en la que el juego se asegura de que seguirás echando más y más partidas hasta las tantas.

Aunque este mecanismo interno puede considerarse como un enemigo, también podemos revertir la opinión que tenemos del mismo si sabemos jugarlo a nuestro favor. Si ya sabemos que la dopamina tiene un papel clave en la consolidación de conductas, quizás podamos emplearla para conseguir establecer hábitos que queramos mantener a lo largo del tiempo. En el libro Hábitos Atómicos, James Clear ofrece toda una serie de herramientas que nos permiten fijar comportamientos a lo largo del tiempo. Una de las claves a tener en cuenta cuando queramos consolidar una conducta es la de hacerla atractiva, tal y como el autor defiende.

Pongamos que quieres ir al gimnasio todos los días, y hacer de ello una rutina. Lo has intentando varias veces, y aunque te comprometes a ello los primeros días o semanas, siempre acabas abandonándolo. ¿Qué tal si pruebas a hacer de la visita al gimnasio algo placentero? Por ejemplo, puedes premiarte una vez acabes de machacarte con una de esas barritas de chocolate que tanto te gustan. La dopamina que liberará desear el premio que nos espera después nos ayudará a relacionar la visita al gimnasio con placer y bienestar, y consecuentemente, permitirá hacer de esta un hábito que podremos mantener a lo largo del tiempo sin que suponga mucho esfuerzo.

En definitiva, podemos concluir que el sistema de recompensa es un arma de doble filo. Se desarrolló en nuestro cerebro para recompensar conductas que facilitaban la supervivencia. En un mundo en donde tenemos todo al alcance de nuestra mano, la dopamina no hace más que invitarnos a hacer aquello que debemos evitar. A pesar de ello, podemos explotar este sistema nosotros mismos y beneficiarnos de su capacidad para hacer de las obligaciones hábitos que nos ayuden a vivir más feliz y productivamente. No dudes en echar un vistazo al libro Hábitos Atómicos si este tema te resulta interesante.

Javier Vilela Martín

Soy un estudiante de Medicina interesado en ciencia, tecnología y ficción. En este blog escribo sobre temas como esos y sobre cualquier otra cosa que me llame la atención.

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